Sigmund Freud escribió sobre el tema en 1921. Explicó que, a diferencia de la angustia (el sentimiento típicamente humano), hombres y mujeres comparten los celos con los animales. Se cuentan entre los estados afectivos normales, al punto de que cuando una persona no siente ni un poquito de celos, hay que presuponer que están reprimidos. Los hay de tres tipos:
1. Los celos de competencia o normales. Bien manejados, actúan como una pizca de sal en el erotismo de la pareja. Cuando el rival es real, implican el dolor por el objeto de amor que se cree perdido y el orgullo herido que significa que prefiera a otro, así como también la bronca hacia los rivales y la autocrítica por haber perdido el amor. Estos celos nacieron hace mucho, cuando se era niño, y estaban referidos a los padres y a los hermanos. El psicoanalista francés Jacques Lacan dijo: "Vi a un pequeño presa de los celos: no hablaba todavía y ya contemplaba a su hermano todo pálido y con una mirada envenenada". Según el Tratado de Psiquiatría de Henry Ey: "El delirio celotípico consiste en transformar la situación de la relación amorosa de la pareja en una situación triangular. El tercero introducido es un rival y sobre su imagen se proyectan resentimiento y odio. El delirante celoso se siente trágicamente burlado y abandonado".
2. Los celos proyectados. Por un mecanismo inconsciente, se proyecta sobre el otro la propia infidelidad o las propias fantasías de infidelidad que se han tenido, con la convicción de que es el otro en realidad quien va a ser infiel.
3. Los celos delirantes. Provienen de deseos inconscientes que tienen por objeto a alguien del mismo sexo. La celosa no tiene consciencia de ese deseo bisexual y en vez de reconocerlo como propio, lo adjudicará a su pareja: "Yo no soy quien la desea, él la desea". Con este recurso, vivirá pendiente de su rival.
Publicado en Clarin Mujer 30/05/09 para leer nota completa clickear en : http://www.clarin.com/suplementos/mujer/2009/05/30/m-01928978.htm
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